En un escenario donde la transición energética se ha convertido en la bandera de desarrollo para el norte del país, el gobernador del Atlántico, Eduardo Verano de la Rosa, ha lanzado una exhortación estratégica para redefinir la vocación productiva de la costa. El mandatario departamental ha instado a los sectores públicos y privados a no limitar la visión de sostenibilidad únicamente a la generación eólica y solar, sino a abrazar la bioenergía como el tercer pilar fundamental. Su propuesta busca transformar al Caribe en un «hub» de biocombustibles y generación a partir de biomasa, aprovechando la riqueza orgánica de la región para dejar de ser simples consumidores y convertirse en protagonistas de la seguridad energética nacional.
Desde una perspectiva de economía circular, la apuesta del gobernador apunta a valorizar lo que hoy se considera desperdicio. La región Caribe, con su vasta extensión agrícola y ganadera, produce diariamente toneladas de residuos orgánicos que actualmente terminan en vertederos o contaminando fuentes hídricas. La visión de la administración es convertir esta «basura» en «oro verde»; es decir, utilizar la cascarilla de arroz, los residuos de palma y el estiércol ganadero para alimentar plantas de biogás y generación térmica renovable, cerrando el ciclo productivo y generando ingresos adicionales para el campesinado.
En el plano de la competitividad global, esta movida busca atraer flujos de inversión extranjera que hoy buscan asentarse en territorios «carbono neutrales». Verano subraya que las grandes multinacionales ya no solo buscan mano de obra calificada, sino garantías de energía limpia para sus operaciones. Al consolidar un clúster bioenergético, el Atlántico y sus vecinos podrían ofrecer un portafolio de servicios industriales verdes, posicionando a la región como un imán para empresas de tecnología y manufactura avanzada que requieren certificaciones ambientales rigurosas para exportar a mercados europeos y norteamericanos.
El componente social de esta propuesta es quizás el más ambicioso, pues promete una descentralización real de la riqueza energética. A diferencia de los megaproyectos hidroeléctricos que concentran los recursos, las plantas de bioenergía pueden operar a pequeña y mediana escala en municipios apartados. Esto implica llevar desarrollo tecnológico a la ruralidad dispersa, capacitando a las comunidades en el manejo de biodigestores y cultivos energéticos, lo que se traduciría en la creación de empleos técnicos cualificados en zonas que históricamente han dependido de la informalidad y la agricultura de subsistencia.
Finalmente, el llamado de Verano es un grito de autonomía regional. Consolidar al Caribe como potencia bioenergética es un paso hacia la soberanía de recursos, reduciendo la dependencia de las decisiones tomadas en el interior del país. La estrategia plantea que, si la costa logra producir su propia energía de manera eficiente y sostenible, tendrá la palanca necesaria para renegociar su estatus político y económico frente a la Nación, demostrando que la región no es solo un paisaje para el turismo, sino el motor que puede impulsar la descarbonización de toda Colombia.













