El automovilismo colombiano ha vuelto a izar su bandera en lo más alto del podio internacional, esta vez en el corazón del desierto árabe. Salim Hanna, la joven promesa barranquillera, inscribió su nombre en los libros de historia de la Fórmula Regional de Medio Oriente (FRMEC) al conquistar su primera victoria en la categoría durante la segunda carrera de la tercera ronda en el Autódromo de Dubái. Lo que comenzó como una jornada de parrilla invertida se transformó en un monólogo de velocidad y precisión por parte del piloto costeño, quien hizo resonar el himno nacional ante la mirada atónita de sus rivales y el aplauso de su equipo, Mumbai Falcons Racing Limited.
La cátedra de conducción impartida por Hanna se cimentó en una largada fulminante y una defensa férrea de la posición de privilegio. Desde que se apagaron los semáforos, el barranquillero mostró un temple impropio de su edad, neutralizando los embates iniciales del australiano Alex Ninovic en la curva dos. Lejos de amilanarse ante la presión de rodar en punta, Salim gestionó los espejos retrovisores con frialdad, cerrando los espacios y trazando líneas defensivas que desarticularon cualquier intento de sobrepaso, consolidando un liderazgo que no soltaría hasta ver la bandera a cuadros.
El desarrollo de la competencia estuvo marcado por el caos y las interrupciones, factores que pusieron a prueba la madurez psicológica del piloto. La carrera se vio fragmentada por múltiples ingresos del coche de seguridad (Safety Car), situaciones que suelen enfriar los neumáticos y borrar las ventajas acumuladas. Sin embargo, en cada relanzamiento, Hanna ejecutó una «resalida» de manual, acelerando en el momento justo para evitar la succión de sus perseguidores y reconstruyendo, ladrillo a ladrillo, la brecha de tiempo necesaria para navegar con tranquilidad hacia la meta.
Mientras el colombiano dictaba el ritmo al frente, a sus espaldas se libraba una guerra sin cuartel que jugó a su favor. La intensa disputa por el segundo escalón entre Ninovic y el polaco Jan Przyrowski funcionó como un escudo protector para el líder. Al estar enfrascados en su propio duelo personal, los perseguidores no pudieron coordinar una caza efectiva sobre el puntero, permitiendo que Hanna se escapara en solitario y cruzara la línea de sentencia con una ventaja cómoda de más de un segundo, validando la superioridad mecánica y estratégica de su monoplaza en el trazado de 5,39 kilómetros.
Este triunfo no es un hecho aislado, sino la confirmación del ascenso meteórico de Hanna en el escalafón del deporte a motor. Sumar estos 25 puntos vitales le permite escalar posiciones en la tabla general, ubicándose ahora en la décima casilla con un acumulado de 37 unidades. Más allá de la aritmética, la victoria ratifica la calidad del trabajo realizado junto a su escudería y el respaldo de mentores de la talla de Juan Pablo Montoya, demostrando que su transición desde el karting y la F4 hacia monoplazas de mayor potencia está siendo exitosa y contundente.













