ESTÁ COLUMNA DE OPINIÓN NO REPRESENTA NI LOS VALORES, NI LA POSTURA EDITORIAL DEL MEDIO.
Luego de la muerte de alias ‘El Bendito Menor’, de su esposa y de dos de sus escoltas más cercanos, las redes sociales comenzaron a convertirse en un reflejo de una realidad mucho más compleja de lo que, a primera vista, podría parecer. Entre mensajes de celebración, rechazo, tristeza y hasta admiración, apareció una pregunta incómoda: ¿cómo puede una persona señalada como uno de los hombres más buscados del país ser considerada, al mismo tiempo, un líder por parte de una comunidad?
Una radiografía del panorama digital deja ver que, para algunos sectores de La Guajira, la muerte de Nain Pérez no representó únicamente la caída de un hombre señalado de pertenecer a una estructura criminal como la ACSN. Para muchos de quienes expresaron su pesar, también significó la pérdida de una figura que, en medio de un territorio históricamente golpeado por el abandono institucional, terminó ocupando espacios que deberían haber estado en manos del Estado. Y ahí está, quizás, la parte más incómoda de esta historia: cuando las instituciones no llegan, otros terminan llenando ese vacío. En algunas comunidades, según las expresiones que circularon tras su muerte, Nain no era solamente un delincuente; era quien imponía orden, resolvía conflictos y establecía lo que estaba bien y lo que estaba mal. Una suerte de autoridad judicial y moral surgida por fuera de la institucionalidad.
No se trata de desconocer las acusaciones que pesaban sobre él, ni mucho menos de convertirlo en una figura admirable. Todo lo contrario. Se trata de entender cómo un hombre asociado al poder de las armas, los negocios ilícitos y el control territorial pudo construir una imagen de liderazgo social en determinados sectores. Nain Pérez podía ser, al mismo tiempo, el hombre buscado por las autoridades y el líder al que algunos llamaban “mi líder”; el señalado como delincuente y, para otros, el amigo, el hijo, el hermano o la persona que “ponía la casa en orden”. Esa contradicción dice mucho más de las condiciones de un territorio que de la propia figura de Nain.
Por eso, más allá de su muerte, lo que queda sobre la mesa es una discusión que La Guajira no puede evadir. Cuando una comunidad comienza a reconocer como autoridad a quien ejerce el poder desde la ilegalidad, el problema no termina con la muerte de ese individuo. El verdadero problema es el vacío que permitió que esa autoridad existiera. ‘El Bendito Menor’ pudo haber construido su liderazgo a través de las balas, los negocios ilícitos y el control territorial, pero la pregunta que debería quedar después de su muerte es mucho más profunda: ¿por qué tantas personas encontraron en un hombre señalado como criminal una figura capaz de representar el orden que el Estado no logró garantizar?
La muerte de Nain Pérez puede ser entendida por el país como el resultado de una operación contra uno de los hombres más buscados y como un golpe a una estructura criminal. Y, desde esa perspectiva, es comprensible que haya quienes celebren el resultado. Pero mientras en buena parte del país se observa el final de un delincuente, en algunas comunidades de La Guajira se está viviendo el duelo por la muerte de un líder. Esa contradicción no debería escandalizarnos únicamente; debería preocuparnos. Porque cuando un criminal logra convertirse en autoridad, la derrota de ese hombre no significa necesariamente la derrota del fenómeno que lo convirtió en autoridad.














